Perder el control

A veces los padres perdemos el control, los estribos y la cabeza. Perdemos el equilibrio, el rumbo, la dignidad y el autorespeto. Cuando esto sucede resulta muy doloroso, independientemente de lo que lo haya provocado.

Suele sucedernos cuando estamos muy cansados o cuando nos han empujado más allá de nuestros límites. En esos instantes sentimos una intensa frustración que no sabemos reconocer a tiempo. O quizá no sepamos cambiar de ritmo o ni siquiera nos importe. Perder el control puede significar ponernos a gritar, soltar un discurso mezquino o saltar dando un azote o una bofetada. Y en cuanto ocurre nos sentimos fatal, nos enfurecemos con nosotros mismos y nos entristecemos por nuestros hijos. De repente, nos encontramos en medio de una pesadilla. Os daré (Myla) un ejemplo:

Estaba acostando a una de mis hijas. A ella siempre le había costado irse a dormir, y a los ocho años todavía era un ave nocturna que hubiera podido quedarse despierta eternamente. Pero para mí, mi peor momento es después de las 10 de la noche. No funciono bien. No tengo paciencia. Cuando llegaba la hora de dormir, ella se ponía especialmente sensible a todo tipo de cosas. Quería algo de beber, no quería quedarse sola o quería dejar las luces encendidas porque la lámpara de noche no le bastaba.

Así que ese día, cuando llegó la hora de irse a dormir, me senté con ella un rato. Las noches en que me daba cuenta de que la situación iba para largo y yo me sentía demasiado cansada para continuar levantada -como sucedía aquella noche- le decía, "duerme en mi cama esta noche". Y cuando ella se disponía a mudarse le dije, "¡Pero en mi casa ponte una camiseta, porque no quiero pasarme toda la noche tapándote para que no tengas frío!"

A pesar de que ella ya conocía esa norma, protestó, pero acabó poniéndose una camiseta. Aunque inmediatamente empezó a quejarse y a darle puñetazos a la cama, así que le conseguí otra camiseta más suave y cómoda. Para entonces yo estaba aún más enfadada y soltaba palabrotas. Ella quería dejar la luz encendida, yo la quería apagada. Aquello se estaba convirtiendo en una lucha de caracteres. Yo temía que despertara a su hermana. Me sentía atrapada, dominada, impotente. Las cosas avanzaban en una dirección determinada y yo no era capaz de cambiarlas.

Entonces oí a su hermana gritar que nos calláramos. Se había despertado. Me enfadé aún más y le dije gritando que se callara. Ella continuó haciendo ruido, golpeando la cama y protestando, y finalmente me sentí tan frustrada y enfadada que le di una bofetada. Ella empezó a llorar y a gritar aún más fuerte. Su hermana volvió a gritar que se callara. yo me sentía enferma por haberle abofeteado. Ella gritaba que yo era una maltratadora de niños y que iba a llamar a la policía. Me sentía paralizada por la vergüenza y el remordimiento, com si estuviese en medio de una enorme pesadilla. Tras unos veinte minutos de gritos y lloros que yo estaba segura que oyó todo el vecindario, empezó a llamar a su padre. Pero él no estaba en casa y finalmente empezó a sollozar, "mami".

Le llevé hielo y una toallita y me senté con ella, llorando con ella, diciéndole que lo que había hecho había estado muy mal y que me sentía muy triste por haberle hecho daño. Finamente, una hora más tarde, se durmió en mi cama, acurrucada junto a mí. Me quedé ahí tumbada completamente despierta, sintiéndome fatal. Menuda noche.

Cada niño es diferente. Para algunos, la transición al sueño es algo a lo que se resisten cada noche y la de levantarse puede resultarles igual de difícil. Con otros, conseguir que se duerman puede ser tan fácil como contarles un cuento o cantarles una canción suave. Pero a veces, parece que nos encaminamos hacia el desastre hagamos lo que hagamos. Aquella noche, empezar a acostar a mi hija había significado leer cuentos junto al fuego y dibujar durante un rato sentada en su cama; un bonito principio para un final miserable para todos.

Más adelante me pregunté qué podría haber hecho de manera diferente. A veces la respuesta a esta pregunta es muy clara. Pero en esta situación, no lo era en absoluto. Quizá si no le hubiera dado tanta importancia a que llevara puesta una camiseta se podría haber evitado el conflicto, o quizá hubiera protestado por alguna otra cosa. A veces estas tormentas nocturnas parecen inevitables, ya hay que dejar que se desarrollen.

¿Pero realmente tuvo que suceder así? ¿Hay algo que hubiera podido facilitar su transición al sueño? ¿Cómo puedo trabajar con mi rabia y frustración para no empeorar aún más las cosas? ¿En qué puedo ceder? ¿En qué estoy cediendo demasiado? ¿Podría haber hecho algo para cambiar la dirección que estaban tomando los acontecimientos? En ocasiones es necesario ver las cosas desde una perspectiva más amplia. Quizá deberíamos haber empezado nuestro ritual nocturno a una edad más temprana y debería haber sido diferente, más constante y sencillo.

Quizá hubiera sido de ayuda haberme detenido un instante en medio de la tormenta para llevar la atención a mi respiración, y haberme dado cuenta de que no había necesidad de resolver nada en aquel preciso momento. Así podría haber evitado reaccionar con aquella rabia descontrolada, que sólo empeoró la situación.

Para que se produjera algún tipo de sanación y aprendizaje, era extremadamente importante que yo mostrara remordimiento por mis actos y preocupación por sus sentimientos. Para mí, esto significaba reconocer lo horrible que había sido lo sucedido  no intentar quitarle importancia o echarle la culpa a ella. Al día siguiente, cuando las cosas estuvieron más tranquilas y había pasado la tormenta, pudimos hablar sobre lo que había pasado y sobre cómo nos sentíamos. Dependiendo de la edad de nuestros hijos, podemos ayudarles a entender qué parte les corresponde en el asunto y crear juntos estrategias para que encuentren formas más efectivas de expresar sus sentimientos. Así aprenderán opciones con las que podrán contar en situaciones difíciles.

Tras aquel episodio, acordamos una señal que captara nuestra atención y con al que pudiéramos avisarnos mutuamente que algo serio estaba pasando, de manera que tuviéramos la posibilidad de cambiar de dirección. Con suerte, cada vez que tenga lugar un incidente similar aprenderemos algo que haga menos probable que vuelva a suceder.

Perder los estribos y ser hiriente es algo horrible. Aun así, podemos utilizar la experiencia para aprender y crecer si no tememos reconocer y aceptar que ha sucedido, en lugar de negarlo o quitarle importancia. Culparnos a nosotros o a nuestros hijos no ayuda, ni tampoco desear que las cosas hubieran sido diferentes. Cuando se trata de situaciones como ésta, la consciencia plena nos proporciona un proceso por el que podemos darnos cuenta de cuándo empezamos a perder el control. Así podremos detenernos intencionadamente y enraizarnos todo lo posible en nuestro cuerpo y en nuestra respiración para encontrar formas más imaginativas de responder, con más sabiduría y con un corazón más abierto.

Del libro de Kabat-Zinn, Jon y Myla. Padres Conscientes, Hijos Felices. p. 227. Editorial Faro (2012)

Xavier Oñate Pujol

Psicólogo especialista en Adultos y Pareja.
Consultas en Granollers y Barcelona
Tel. 606 936 057 - E-mail: contacta@xavieronate.com

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